Esta historia comenzó cuando decidí realizar un curso de coaching. Era mi curso número sesenta, y por supuesto la decisión no respondía a un estudio calculado y objetivo de mis necesidades reales de formación. Me encontraba en un momento profesional que yo consideraba crucial. Acababa de cumplir 30 años y quería de una vez por todas encontrar mi misión en la vida. Pensaba que, teóricamente, ya tenía que ser una mujer adulta y madura, y que el descubrimiento de mi misión debía ir ligado al desempeño de un trabajo que me permitiera compartir con los demás mis talentos y mis dones, y así alcanzar el equilibrio perfecto entre mi función en la tierra y mi profesión. Los trabajos que había desempeñado hasta el momento me proporcionaban ingresos pero ninguna satisfacción personal. Al ser licenciada en filología inglesa, había trabajado durante algún tiempo como profesora de inglés en un centro de estudios. Después entré a formar parte de la plantilla de una empresa consultora, dónde combinaba las tareas de consultoría con las de formación. Como había leído docenas de libros de autoayuda, se me ocurrió entonces comenzar a estudiar psicología, pero me desanimé al imaginarme atada a libros, apuntes y manuales durante cinco largos años. Fue entonces cuando alguien me nombró, por casualidad, ese anglicismo innovador que podría mostrarme la luz al final de mi túnel particular. Al principio me sonó muy bien: si me formaba como coach profesional, podría trabajar con personas que necesitaran alguna guía, algún consejo acertado que yo podría proporcionar. En unas semanas yo misma podría adquirir unos conocimientos concretos que, combinados con mis innatas competencias emocionales, me ayudarían a convertirme pronto en una coach de primera categoría. No tendría que volver a la pesada dinámica universitaria para licenciarme en psicología, sino que podría intervenir en las personas, que era en definitiva mi objetivo, en un plazo todavía mucho menor.
Así fue como empezó mi
nueva vida. Desembolsé más de 3000 euros, que invertí con la casi total certeza
de que esa iba a ser sin duda mi nueva y exitosa vida. Tras 6 fines de semana y
más de 50 horas en las que asistí a varias charlas, conferencias y demostraciones
prácticas de cómo se debe actuar para ser un coach personal, conseguí mi
acreditación, y después mi certificación.
No obstante, seguía
teniendo varias dudas. En primer lugar, en el curso había percibido que ni los
mismos expertos tenían muy claro qué era el coaching. Había opiniones para
todos los gustos. Tampoco veía uniformidad ni homogeneidad en estos nuevos
profesionales: cualquiera podía hacerlo, ya fuera ingeniero, economista o
abogado. Bastaba con un curso, y ya se estaba preparado para realizar unas
intervenciones que, bajo mi punto de vista, no eran precisamente sencillas:
conseguir que los otros cambien para mejor.
Por otro lado, en mi
opinión tampoco había un cuerpo de conocimientos más o menos homogéneo y
probado en cuanto a esta ciencia del coaching. Existían varias formas de
intervenir, pero ¿cuál había que utilizar? En definitiva, estaba ilusionada con
esta nueva vía de actuación, pero también tenía mucho miedo a equivocarme. En
lo más profundo de mi misma, pensaba que nadie con esa escasa y breve formación
sería capaz de intervenir sobre otros. Ni siquiera sobre sí mismo.
Por último, me acechaban
otras dudas más operativas, como por ejemplo de dónde iba a sacar los clientes…
pero no me desanimé. Era tal mi fe en la necesidad de este nuevo producto que
el balance fue positivo. Hice oídos sordos a mi lado más cartesiano y decidí
embarcarme en este nuevo proyecto: sería una coach.
Al cabo de mes y medio, y
gracias al apoyo económico de mis padres, había alquilado un pequeño despacho
en un edificio de oficinas, había impreso unas modernas tarjetas de visita, e
incluso tenía mi propia página web: María Chi y disociados (el nombre se me ocurrió en un seminario de PNL).
El destino se puso entonces de mi parte, porque en contra de lo que pensaba, no
me fue muy difícil conseguir mi primer
cliente.
Mi vecino y yo nos
habíamos cruzado varias veces en el ascensor, y en las breves conversaciones
que habíamos mantenido yo había aprovechado para promocionar mi recién
adquirida profesión. Yo noté en seguida, que mostraba lo que parecía un
verdadero interés en los servicios que yo ofrecía. Se trataba de un joven,
atractivo y prometedor abogado, una versión castiza pero no por ello menos
interesante de los protagonistas de las historias de John Grisham. Se había
separado hacía varios meses de su mujer, y él mismo había tramitado su ruptura
matrimonial. Era tan bueno en su profesión, que incluso unos meses después fue
contratado como abogado para separar a sus ex suegros.
Tanto interés mostró por
el ámbito de actuación de mi recién adquirida profesión, que un día se
autoinvitó a mi apartamento con objeto de conocer en detalle alguno de los
métodos que podía ofrecerle para ayudarle a ser más feliz. Me estuvo haciendo
un resumen de su vida y éxitos. Había sido un estudiante brillante, veloz,
siempre acababa sus trabajos antes que nadie, pero al final los otros también
aprobaban y conseguían sus resultados deseados. Solía decir, que era el más
rápido, pero que sus compañeros lo alcanzaban en los semáforos. Por tanto, con
el tiempo, había aprendido a moverse en un mundo con semáforos en donde la
rapidez no siempre era una ventaja.
Durante la cena, comprobé
que las prisas de su etapa de estudiante, no habían desaparecido. Incluso, en
un par de ocasiones tuve que detenerlo en lo que fue un intento de lanzarse
aceleradamente sobre mí. Al fin descubrí que lo único que pretendía era un
revolcón conmigo.
Logré hacer que se
tranquilizara y una vez enfriada la situación, y tras pedirme excusas, se
ofreció a pasarme un cliente de verdad, un conocido suyo economista, llamado
Alfonso Carrado, que según él no paraba de quejarse de que sufría acoso de su
jefe. Al parecer la relación con su jefe no era demasiado buena. A la semana
siguiente me llamó y lo cité en mi despacho. De esta primera cita aprendí que
los clientes no había que invitarlos a tu apartamento.
Me interesaba escuchar lo
que le preocupaba. Escuchar era una de las técnicas básicas para ser un buen
coach, aunque también sabía que un famoso pensador había dicho que uno nunca
debería escuchar, porque escuchar era una señal de indiferencia hacia los que
nos oían. Me preparé para analizar objetivamente su problema, que resultó ser
una acusación por mobbing.
“Mi jefe me acosa”,
exclamó de forma trágica nada más sentarse. Me dirigió una mirada
interrogativa, buscando mi reacción, pero no la encontró, ya que yo estaba
decidida a actuar como una verdadera profesional. Con una voz que trató de
sonar fría y neutral, le contesté. “¿Por qué crees que te acosa?”.
“- Pues no lo sé, no tengo
ni idea. Supongo que me tiene envidia…”
“- Perdona, te he hecho
mal la pregunta”, le interrumpí al recordar la diferencia entre el qué, el
porqué y el para qué, que tan claro nos habían dejado en el curso de
certificación. Primera metedura de pata. “¿En qué te basas para pensar así?”
“- Me baso en evidencias
claras que indican que el tío me tiene unas ganas que no me puede ni ver… Mira,
el otro día, sin ir más lejos, me dijo que debía quedarme toda la tarde para
acabar un informe muy importante. Yo le había sugerido que deseaba tomarme esa
tarde libre para hacer unas cosas, pero por supuesto tuve que quedarme
redactando el dichoso informe.” Pausa. “Al día siguiente, me comentó de pasada
que no había sido necesario entregarlo, puesto que la reunión dónde se iba a
exponer había sido cancelada.”
“Menudo tipo más
retorcido”, pensé. “- A los tres
días me pidió que retrasara mis vacaciones de verano. Yo ya tenía los billetes
en casa, pero no tuve opción. Mi querido jefe quería que preparara todos los
documentos para una auditoría de calidad, que al final no tuvo lugar. El muy …
Dijo que el trabajo, al menos, nos había servido para prepararnos. El
malentendido se había creado por un error de fechas en el correo electrónico”.
Conforme mi cliente me exponía el caso, yo intentaba analizar la situación y
prepararme para la siguiente pregunta que le debía formular. Lo primero que me
vino a la cabeza fue sugerirle que se cargara al maldito jefe, y que lo hiciera
sin dejar ninguna prueba. Su amigo el abogado incontinente le podría ayudar ya
que estaba especializado en derecho penal. Pero no tardé en darme cuenta de que
una sugerencia de ese tipo no sería bien recibida. Sin embargo, la información
que siguió facilitándome me dio la pista para la solución del problema. Al
parecer su jefe estaba liado con su secretaria. Incluso lo había visto en un
par de ocasiones en situaciones y poses algo sospechosas. Enseguida lo ví claro
y no me pude contener.
“-Dile a tu jefe que si te
sigue presionando se lo dirás a su mujer”- solté a toda velocidad antes de que
me arrepintiera.
“-¿Me estás diciendo que
le haga chantaje? - contestó con miedo.
“-Bueno, seguro que existe
alguna otra manera de referirse al hecho de negociar desde una posición de
poder fuerte.
Se quedó un rato pensando
en silencio, hasta que abandonó mi despacho.
A las pocas semanas
coincidí con mi vecino en el ascensor, quien me dijo que su amigo había
iniciado una nueva etapa en su empresa. Incluso lo habían ascendido. Me dijo
también, que no le había querido explicar cual fue mi recomendación ante su
caso, pero que estaba muy agradecido. Al llegar a su puerta, me pidió que le
esperara un minuto, que tenía que entregarme algo. Era un pequeño paquete, que
abrí en mi apartamento. Me sorprendió comprobar que era una cinta de video, que
llevaba una pequeña etiqueta escrita a mano: “Mi jefe y su secretaria”. Sin
tener que verlo, adiviné cual sería su contenido. Al principio, me sentí un
poco culpable, pero después comencé a alegrarme. Me sentía tan útil, contenta y
orgullosa, como no me había sentido en mucho tiempo. “Ha ido incluso más lejos
de lo que yo se sugerí”- pensé. Una sensación de poder, se iba apoderando de
mí. ¿Sería esta la señal de que por fin
podía haber encontrado mi auténtica profesión?.
De esta forma, no solo
cobré mi primera consulta, sino que además pude tener una segunda. Tan
agradecido quedó Alfonso, que me
recomendó a un compañero de su empresa. Marcos Tilla, trabajaba como psicólogo
industrial en su misma compañía, encargándose de hacer las selecciones de
personal. Según Alfonso era un poco obsesivo, en palabras de él era una mezcla
entre Woody Allen y Jack Nicholson en “Mejor
imposible”. Fue además, el primero de mis clientes que me preguntó por mi
origen chino (deformación profesional supongo). Ya hacía tiempo que nadie me
recordaba que no había nacido en España. Llevaba en este país unos 15 años. Mis
padres vinieron por trabajo y desde entonces había intentado integrarme creo
que con éxito. El alto nivel económico de mi familia y mi aspecto atractivo
(según todos los hombres de por aquí), habían contribuido a ello.
Al principio, el problema
de Marcos, no me pareció muy importante. Sin embargo noté que este asunto lo
torturaba. Para llegar al problema tuve que aguantar una introducción sobre su
infancia y adolescencia. ¿Por qué a todos les gustaba tanto contar su pasado en
cuanto se sentaban en una consulta?. Quizás ya tenían experiencia como
pacientes y pensaban que debían empezar por ahí. De pequeño era un prometedor
niño prodigio. Ganaba los concursos de multiplicaciones y poesía de su colegio,
y creaba muchas ideas e inventos. Me comentó algunas de ellas: ofrecerse como
sexy cocinero a domicilio, montar un catering para peluquerías al medio día y
una que me dejó muy alucinada: crear un aparato video-dvd para grabar los
sueños.
Al final llegó a su
problema: cuando intentaba buscar candidatos para su empresa, fuera del tipo
que fuera, le costaba mucho trabajo encontrar a alguien con iniciativa, con
verdadera iniciativa.
“- Quiero a una persona
que tenga iniciativa- reclamaba.
“- ¿Y qué quieres decir
exactamente con eso?- indagaba con el ánimo de concretar.
“- Quiere decir, que
quiero…………. a alguien que se anticipe a las jugadas…..a alguien que no haya que
decirle lo que tiene que hacer constantemente…..a alguien que no te pida
permiso para hacer cualquier cosa….a alguien que no te esté preguntándotelo
todo cada 5 minutos….a alguien que tome decisiones (correctas claro)….a alguien
que se mueva, que no haya que empujarlo….a alguien que promueva planes y
acciones…a alguien que luche, que tenga sangre…...-se detuvo un momento, pero
en seguida continuo, aunque por otros derroteros- ¿Por qué cada vez hay más
comportamiento estúpido?- continuaba sin parar- Es necesario gestionar la estupidez.
Esto lo dije en un congreso y no me hicieron caso.
“- Parece bastante,
¿Existe alguien así?.
“- Quiero a alguien que no
sea pasivo….que no haga solo lo que se le diga…..que actúe como un
funcionario……- seguía como una metralleta- es casi imposible encontrar personas
así. De pronto parece qué hay nadie así. Quizá el porcentaje de personas con un
nivel alto de iniciativa en el mundo, no supere el 5% de la población.
Este caso es más
complicado, pensé. “No se qué decirle”. Dejé pasar unos minutos haciéndole ver
que pensaba. Pero no pensaba en su problema. Me imaginaba escapándome de allí a
un país lejano, tomando un avión en un aeropuerto importante. En el momento en
que me desplazaba de prisa a embarcar con destino a Punta Cana, fue cuando, me vino
una idea a la cabeza que no dudé en compartirla con mi interlocutor.
“- Cuando fue la última
vez que estuviste en un aeropuerto?- le pregunté.
“- ¿Cómo dices?- respondió
sorprendido.
“- Te quiero proponer un
pequeño ejercicio de autodiagnóstico y reflexión- noté que mi euforia iba
creciendo, al comprobar mi dominio de la jerga del coach profesional- La
próxima vez que vayas a un aeropuerto, fíjate en las cintas transportadoras que
se utilizan por parte de los viajeros para recorrer algunos de los tramos que
separan unos módulos de otros. Estas cintas, avanzan a una velocidad fija. Nos
colocamos encima de ellas y nos lleva al otro extremo sin movernos. No tenemos
que hacer ningún esfuerzo. Solo dejar las maletas y esperar a que avance y nos
deposite en el otro extremo. Qué buen invento esas cintas. Sin embargo, a
menudo, observamos a algunas personas que no permanecen inmóviles en las
cintas. Por el contrario, se mueven al mismo tiempo que la cinta. De este modo
avanzan más rápido todavía. Incluso adelantan a algunas personas que están
quietas placidamente. Pues bien ahí tenemos un ejemplo de ese 10% de personas
con alta iniciativa. ¿Qué es lo que haces
tú cuando llegas a una cinta de este tipo?.
La semana siguiente vino a
verme muy animado. Según el, gracias al ejemplo que le había facilitado y
utilizando un proceso de inducción y reflexión a partir de su experiencia
directa había conseguido darse cuenta de que el problema no es tal. Todo era
relativo, y no había que ser tan exigente. Además, la iniciativa podía
desarrollarse. Me dio de nuevo las gracias y me pagó dos visitas. Cuando se
iba, se volvió para decirme: “- Perdona que no te invite a comer, pero es que
prefiero comer solo, siempre lo hago así”. Fue un buen final, ya que no me
apetecía nada comer con él.
Pero su historia no acabó
ahí, ya que me envió a un nuevo cliente, una ex novia de la universidad a la
que el pensó que podría ayudar. Gabriela Tido, se puso en contacto conmigo a
los pocos días y en seguida me visitó. Además de atractiva era una hiperactiva
ejecutiva de éxito que trabajaba para una entidad bancaria. Sus jornadas
laborales eran maratonianas y su sueldo considerable. Su marido, un cardiólogo
de prestigio, tenía también unos ingresos nada desdeñables, lo que les permitía
tener un nivel de vida muy por encima de la media. Sin embargo, desde que había
tenido hacía un año a su segundo hijo, Gabriela padecía un grave problema de
insomnio que ella achacaba al estrés. Había probado técnicas de relajación,
tai-chi, masajes de todo tipo, homeopatía y aromaterapia. En un último y
desesperado intento de solucionar su problema antes de recurrir a los
somníferos, llamó a su amigo el psicólogo neurótico, quien me la recomendó. Me
expuso su problema: por las noches se despertaba con ansiedad; se sentía
agotada, extenuada física y mentalmente; se sorprendía a sí misma agobiada,
preocupada por cualquier cosa, su trabajo, sus hijos, su marido, su futuro. El
último episodio, que me contó, fue descubrir a su hija de catorce años
depilando a su noviete de 15 en su cada.
Otro día se orinó encima antes de una reunión, porque no tuvo tiempo para ir al
water.
Mis primeras
recomendaciones ante un lo que parecía un claro caso de burnout, fueron unos
ejercicios de autocontrol. Seguí indagando para intentar situar el origen del
problema, pero en esta ocasión observé que todas las reflexiones de tipo
racional no le servían para nada. Por más que abría el melón, no encontraba
nada.
En las sesiones
siguientes, la frustración se iba apoderando de mí. Yo entendía que, además de
tener los conocimientos aprendidos en el curso, había que poseer unas
determinadas cualidades personales (ahora las llaman competencias creo):
capacidad de escucha, análisis, empatía y otras habilidades sociales. Durante
el curso compartí aula con compañeros que ni de lejos se acercaban a lo que
debía ser un coach efectivo y eficiente. Pero yo estaba convencida de que yo sí
las poseía. Cualquiera no podía ser un buen coach. Estas habilidades no se
podían desarrollar en un seminario de un fin de semana, aunque el afamado señor
Goleman y sus colegas, pensaran que sí. O se tenían o debías dedicarte a otra
cosa. Comencé a dudar si de verdad las tenía, hasta que tuve un sueño que me
dio las pistas para ayudar a Gabriela. En él, me ví resolviendo acertijos en un
seminario sobre mejora personal. Esa mañana, noté que iba recuperando ese poder
acumulado gracias a mis sesiones exitosas. Alguien había vuelto a poner el
queso en su sitio.
“ -Te voy a pedir, que
pienses en el siguiente problema y la próxima semana lo traigas resuelto”- le
dije nada más sentarse en mi despacho.” Tomé su silencio como una aceptación
del encargo que le planteaba, por tanto continué.
“ -Tres clientes de un
hotel pagan 300 euros por habitación pero el precio total era de 250 euros. El
jefe de recepción envía al conserje a que les devuelva el cambio a los tres
clientes (50 euros). Este por el camino, piensa en quedarse 20 para él por la
molestia. Por tanto les devolvería 30 euros. Por suerte sus habilidades
numéricas no eran muy superior a sus principios e integridad. Cuando hace los
cálculos descubre que habían desaparecido algunos euros: si les devuelvo 10
euros a cada uno, habrán pagado 90 euros. Noventa por tres son doscientos
setenta, más los 20 que yo me quedo suman 290 euros. ¿Dónde están los 10 euros
que faltan?.- Hice una pausa - Cuando lo hayas resuelto vuelve.”
Se me ocurrió que si la
mantenía centrada en una solo asunto durante los próximos días lograría
desconectar su atención del resto de problemas.
Cuando volvió a la semana
siguiente, me sorprendió comprobar que a pesar de no haber resuelto el
acertijo, su carácter había cambiado. Venía más alegre, y diría que más serena
y relajada. Sentí incluso como si yo fuera el cliente y ella la terapeuta.
Cambié mi rol rápidamente y asumí el control con mis preguntas.
-“ ¿Como te ha ido esta
semana?”- dije sin demasiada convicción.
- “Fenomenal. No te puedes
imaginar como he mejorado gracias a tu ejercicio.”
- “Estoy impaciente por
saberlo, cuéntamelo”.
Estuvo más de media hora
relatándome lo que le había pasado desde que abandonó mi consulta. Le había
estado dando vueltas al problema sin éxito, hasta que recurrió a su hermano
Luis, un programador informático muy inteligente que seguro que encontraría la
solución. Sin embargo, en lugar de trabajar en el problema, se dedicó a ayudar
a su hermano que estaba atravesando una crisis. No tenía claro que hacer con su vida. Había estudiado mucho
últimamente y cambiado de trabajo, pero seguía sin encontrar su misión en la
vida. Incluso, había leído varios libros de autoayuda, pero seguía sin saber
que hacer. Gabriela, le aconsejó que hiciera un viaje de descubrimiento con
algún amigo suyo. La idea se la había dado una película que había visto sobre
el Che Guevara cuando era joven, quien se va con un amigo a recorrer
sudamerica. Sería una gran
experiencia pensó. Su hermano se fue con un amigo, José y aunque solo
estuvieron un fin de semana fuera, fue suficiente para descubrir que querían
vivir juntos. Habían descubierto su amor.
Conforme iba contándome su
historia, yo sentía una mezcla de estupefacción y satisfacción. No solo había
conseguido ayudar a Gabriela sino indirectamente a su hermano. Ella, había
olvidado sus preocupaciones al haberse dedicado a ayudar a su hermano. Que
suerte, que había tenido de tener cerca de un hermano con problemas de
identidad sexual.
Estaba tan contenta que le
ofreció los servicios de su banco por si tenía necesidad de solicitar algún
préstamo o ayuda. También la
invitó a cenar a su casa, en donde le anunció la próxima boda de su hermano a
la que por supuesto asistiría. Será una buena manera de hacer nuevas relaciones
para mi negocio.
Aunque
debía sentirse feliz por el éxito de todos los casos que había tenido, pensó
que quizá algo no fuera tan bien como aparentaba. “¿Iba por el buen camino o me
estaba convirtiendo en una especie de psiquiatra aficionada?.” “Qué más da, se
dijo, lo importante son los resultados”. Decidió no darle más vueltas por el
momento. Esa tarde se iría al gimnasio. Necesitaba reconciliarse con su cuerpo
y hacía algunas semanas que no lo hacía. También aprendería de su profesor.
Había notado que últimamente observaba más a su entrenador de fitness. En
realidad él también era un coach, aunque lo fuera en el terreno físico. Antes
de recoger la ropa de deporte se paró a tomar el correo de su buzón. Una carta
le llamó la atención. Era una convocatoria para un Congreso Nacional de
coaching. Se sintió importante al recibirla. “Ya estoy en condiciones de ir, he
pasado mi periodo de prueba más que de sobra últimamente. Ya no soy un
aprendiz, ya soy una coach de verdad”.

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