En la actualidad hay un considerable cuerpo de
investigación que sugiere que la inteligencia
emocional (IE), proporciona la
base de las competencias sociales y emocionales que son importantes para el
éxito en casi cualquier trabajo. Como forma de inteligencia social que incluye la
capacidad para ser consciente de los sentimientos y emociones propias y de los
demás, de discriminar entre ellas y de utilizar esta información para guiar el
pensamiento y la acción propia, sus componentes son conocidos como las cuatro
ramas de la IE (según el modelo de Mayer y Salovey, 1997): percepción de las emociones, uso de las emociones para facilitar el
pensamiento (facilitación emocional), comprensión de las emociones y gestión de
las emociones.
Sin embargo, a pesar de reconocer la importancia de estos componentes en diferentes ámbitos de la vida, y la posibilidad de poder desarrollarlos mediante programas de formación y desarrollo, aún no conocemos con seguridad cual es la mejor manera de hacerlo.
Mayer y Salovey (2002), consideran por ejemplo, que la formación en habilidades emocionales, debería centrarse en incrementar la autoconciencia, ampliando el repertorio de las personas en cuanto a estrategias de afrontamiento y ayudando a la gente a aprender de la experiencia, más que practicar sobre un conjunto restringido de habilidades una y otra vez. Por otro lado, Estudios del campo del desarrollo de competencias directivas, como por ejemplo el “Consortium for Research on Emotional Intelligence in Organizations”, formado por expertos del mundo académico, la empresa y la administración como Richard Boyatzis, Lyle Spencer o Daniel Goleman, tras analizar los mejores programas de organizaciones y escuelas de negocios para el desarrollo del liderazgo, concluyen que para conseguir el éxito en el desarrollo de competencias socioemocionales hay que:
Sin embargo, a pesar de reconocer la importancia de estos componentes en diferentes ámbitos de la vida, y la posibilidad de poder desarrollarlos mediante programas de formación y desarrollo, aún no conocemos con seguridad cual es la mejor manera de hacerlo.
Mayer y Salovey (2002), consideran por ejemplo, que la formación en habilidades emocionales, debería centrarse en incrementar la autoconciencia, ampliando el repertorio de las personas en cuanto a estrategias de afrontamiento y ayudando a la gente a aprender de la experiencia, más que practicar sobre un conjunto restringido de habilidades una y otra vez. Por otro lado, Estudios del campo del desarrollo de competencias directivas, como por ejemplo el “Consortium for Research on Emotional Intelligence in Organizations”, formado por expertos del mundo académico, la empresa y la administración como Richard Boyatzis, Lyle Spencer o Daniel Goleman, tras analizar los mejores programas de organizaciones y escuelas de negocios para el desarrollo del liderazgo, concluyen que para conseguir el éxito en el desarrollo de competencias socioemocionales hay que:
(1) Centrarse en las competencias que
han demostrado ser críticas para el éxito en el puesto,
(2) Evaluar las
competencias de la persona a través de una visión externa y objetiva como la
evaluación de 360º,
(3) Identificar
las fortalezas personales que servirán de cimientos en el proceso de
desarrollo, además de las oportunidades de mejora,
(4) Tener en
cuenta que los adultos solo aprendemos cuando tenemos una motivación para ello
(alcanzar nuestros objetivos personales),
(5) Facilitar que el
desarrollo sea autodirigido,
(6) Centrarse en
objetivos de desarrollo realistas,
(7) Definir un
plan de actuación claro,
(8) Asumir que
mejorar competencias requiere tiempo (no se pueden conseguir cambios
sostenibles antes de 6 meses,
(9) Proporcionar
apoyo externo que refuerce o incentive la práctica sostenida de los nuevos
comportamientos y
(10) Medir los
cambios en las competencias y desempeño utilizando métodos
Como se puede ver, el proceso de mejora no es sencillo, requiere
realizar tareas y esforzarse de una manera planificada durante algún tiempo.
Por eso las soluciones mágicas no existen. Los talleres que prometen mejoras
espectaculares en poco tiempo no sirven. Para desarrollar competencias hace
falta tiempo y esfuerzo planificada. Algunos expertos hablan de años.
La investigación realizada sobre el entrenamiento de habilidades de coaching, apoya lo que estamos diciendo. Uno de los estudios que aportan pistas muy valiosas para diseñar talleres con mayores posibilidades de que funcionen, es el realizado por Anthony Grant (2007), director de la Unidad de coaching psicológico de la Universidad de Sidney. En su trabajo titulado “Enhancing coaching skills and emocional intelligence through training”, comparó la eficacia de dos tipos de talleres, en el desarrollo de la inteligencia emocional: uno intensivo de 2 días frente a uno de 13 semanas, ambos del mismo numero de horas en total. Los resultados mostraron que el de 2 días no consiguió ninguna mejora en la inteligencia emocional, mientras que el de 13 semanas sí.
El propio autor, acaba recomendando, que si queremos programar
talleres eficaces para desarrollar la inteligencia emocional, hemos de utilizar
el aprendizaje espaciado en el tiempo durante varias semanas. Nada nuevo si
revisamos lo que desde hace ya bastantes años, nos ha dicho la psicología de
aprendizaje sobre las ventajas de la practica distribuida (sesiones espaciadas
en el tiempo), frente a la práctica masiva (cursos intensivos en poco espacio
de tiempo). Nos tenemos que olvidar por tanto de todo lo que suene a taller
intensivo de fin se semana. Esto, solo nos hará perder el dinero y un valioso
tiempo en el que podremos estar haciendo cualquier otra cosa más interesante, útil
y placentera que escuchar a un orador durante 8 horas seguidas.












